1. The Diving Bell and the Butterfly, del norteamericano
Julian Schnabel, aunque la cinta es en gran medida francesa, por su actores, por su idioma, por la historia que cuenta y por el libro en el que se basa. Artista plástico por excelencia, el pintor Julian Schnabel construye toda la película a partir de una sola pregunta: cómo se verá el mundo desde el punto de vista de alguien que está a la vez vivo y muerto: cómo se verá físicamente, pero también, sobre todo, moralmente, pasionalmente, existencialmente: cómo se redistribuyen el amor, el odio y la soledad cuando uno sabe que está pisando el umbral de salida. La tentativa respuesta de Schnabel es conmovedora por decir lo menos.
Julian Schnabel, aunque la cinta es en gran medida francesa, por su actores, por su idioma, por la historia que cuenta y por el libro en el que se basa. Artista plástico por excelencia, el pintor Julian Schnabel construye toda la película a partir de una sola pregunta: cómo se verá el mundo desde el punto de vista de alguien que está a la vez vivo y muerto: cómo se verá físicamente, pero también, sobre todo, moralmente, pasionalmente, existencialmente: cómo se redistribuyen el amor, el odio y la soledad cuando uno sabe que está pisando el umbral de salida. La tentativa respuesta de Schnabel es conmovedora por decir lo menos. 2. There Will Be Blood, del americano Paul Thomas Anderson. Se sabe que cuando Daniel Day Lewis acepta participar en una película, es casi imposible que la cinta sea menos que impresionante. En este caso particular, se trata de una crudelísima desmitificación del impulso individual detrás de la estructura del capitalismo más voraz. El mérito mayor de Anderson está en tomar esos elementos para construir una verdadera tragedia, una que abarca por igual el plano del sujeto y el de la sociedad, y que se desplaza en un universo de fanatismos: el del dinero y de la fe religiosa. No recuerdo una fábula que obtenga resultados tan formidables a partir de esos elementos por lo menos desde que Vargas Llosa escribió La guerra del fin del mundo.
3. Die Fälscher, o The Counterfeiters, o Los falsificadores, del austriaco-alemán Stefan Ruzowitzky, cuenta la más alucinante historia real de las muchas que dieron forma a la Segunda Guerra Mundial: la del grupo de prisioneros de Auschwitz que demoraron por meses la producción de miles de millones de libras esterlinas y dólares falsos con los que los alemanes querían atestar Inglaterra y los Estados Unidos para forzar la desbarrada de la economía de sus rivales. La película es notable; su estructura, exacta; la distribución de sus rasgos de aventura bélica es la adecuada para no opacar la verdadera línea mayor de la cinta, la del dilema moral de los prisioneros, ex criminales enfrentados a la decisión de salvarse a sí mismos o sacrificarse para sabotear la victoria de sus enemigos.4. Stellet Licht, o Luz Silenciosa, del mexicano Carlos Reygadas. La mejor cinta del mundo hispano en tiempos recientes casi no tiene diálogos en castellano: dado su asunto (un complejísimo y patético triángulo amoroso que envuelve a miembros de una aislada comunidad menonita en México), el guión de Stellet Licht está en bajo alemán, con pequeñas interrupciones de inglés, francés y español. Lo que logra Reygadas es enorme: paultainamente, lentamente, pieza por pieza, va poniendo sobre el tapete los elementos de un terrible rompecabezas moral y psicológico, todo reducido a elementos primordiales: amor, fidelidad, fe, verdad y mentira, pasión, destrucción, desesperanza. Todo en un marco que fuerza a ver el conflicto entre modernidad y tradición desde ángulos impensados. La cinta más sutil de esta lista.
5. Paranoid Park, del norteamericano Gus Van Sant. Van Sant construye un universo dividido,
en el que a una sociedad adulta semiinvisible se opone una suerte de comunidad juvenil, no menos fallida ni menos violenta ni más consecuente que la otra: cada cual tiene sus reglas de juego, pero sólo las leyes de la primera tienen el poder de expandirse para regir sobre la opuesta. El incidente que detona el estallido medular del argumento es, precisamente, uno en el que ambos mundos se entrecruzan, una breve intersección capaz de desmoronar los dos escenarios y hacer explotar la burbuja de libertad (condicional) que se representa en ese territorio de falso refugio adolescente, el parque Paranoid.
en el que a una sociedad adulta semiinvisible se opone una suerte de comunidad juvenil, no menos fallida ni menos violenta ni más consecuente que la otra: cada cual tiene sus reglas de juego, pero sólo las leyes de la primera tienen el poder de expandirse para regir sobre la opuesta. El incidente que detona el estallido medular del argumento es, precisamente, uno en el que ambos mundos se entrecruzan, una breve intersección capaz de desmoronar los dos escenarios y hacer explotar la burbuja de libertad (condicional) que se representa en ese territorio de falso refugio adolescente, el parque Paranoid.6. Boy A, del británico John Crowley. Es curioso el paralelo que puede establecerse entre esta cinta y Paranoid Park, de Van Sant: los solitarios jovencitos protagónicos, los no del todo fortuitos actos de violencia criminal, el largo espiral de arrepentimientos. Si Van Sant prefiere destruir la cronología del relato para recomponerlo como quien reúne esquirlas de tiempo (reproduciendo en ello la naturaleza caótica del instante traumático), Crowley, en cambio, acude a una alternancia de retrospección e instrospección, para narrar la historia de una cicatriz psíquica que nunca llega a cerrarse.
7. Bikur Ha-Tizmoret, o La visita de la banda, del israelí Eran Kolirin. Una película simple, dulce, de perfil bajo, a ratos cómica y a ratos dramática, que no parece aspirar a mucho y sin embargo alcanza sutilmente a abordar más de un territorio peliagudo: uno de ellos es el de las relaciones entre Israel y el mundo árabe; otro, más íntimo, el de la difícil reconstrucción del ánimo de un hombre que ha visto siempre en la disciplina la piedra angular de su vida y que un día ve esa vida destruida por el exceso de su rigor moral. Como telón de fondo de toda la historia, la música se transforma en una cifra no de la belleza, sino del puro equilibrio, tanto el equilibrio del alma humana como el equilibrio del mundo en el que ella se mueve.8. La Môme, o La Vie en rose, del francés Olivier Dahan. Quizá el mayor biopic de la última década, la cinta de Dahan nos hace testigos y acaso cómplices de una caída atroz, en la que la protagonista, una Edith Pïaf destructora y autodestructiva, va primero cubriendo su miseria vital con el vestido de una voz innatural para luego descubrir paulatinamente las miserias de la soledad que la han perseguido durante décadas. La actuación de Marion Cotillard es una de esas capaces de consagrar una carrera entera.
9. The Edge of Heaven, o El borde del paraíso, del turco Fatih Akin. La historia de un
múltiple cruce de fronteras, o de una misma frontera muchas veces atravesada: la entrada y la salida de alemanes en Turquía y turcos en Alemania es sólo una metáfora para la esencial descolocación y el desarraigo que invade a todos los protagonistas. Una historia de búsquedas sin hallazgo visible: la dinámica que mueve al relato es la del desamor y el desengaño; la soledad es su escenario natural.
múltiple cruce de fronteras, o de una misma frontera muchas veces atravesada: la entrada y la salida de alemanes en Turquía y turcos en Alemania es sólo una metáfora para la esencial descolocación y el desarraigo que invade a todos los protagonistas. Una historia de búsquedas sin hallazgo visible: la dinámica que mueve al relato es la del desamor y el desengaño; la soledad es su escenario natural. 10. Rachel Getting Married, del neoyorquino Jonathan Demme. La mejor película de Demme desde The Silence of the Lambs, y la mejor actuación en la carrera de Anne Hathaway. La película parece por momentos una puesta al día del viejo Cassavettes y, por momentos, un regreso a los dramas familiares de raigambre bergmaniana que Woody Allen dirigió en los ochentas y noventas. Su originalidad mayor es formal: coloca al espectador en el centro mismo de una escena de casa, en una ocasión especial (un matrimonio) y le permite ir hurgando paulatinamente en el cuerpo sumergido del iceberg bajo esa débil punta visible: desde allí emerge lo más interesante de la cinta, temáticamente: la ansiosa impresión de que casi no hay distancia entre euforia y depresión, entre amor y odio, entre éxtasis y aborrecimiento.
11. Efter Brylluppet, o After the Wedding, o Despúes de la boda, de la danesa Susanne Bier. Como la turca The Edge of Heaven, esta cinta se involucra también con el asunto del cruce de fronteras, el exilio, el refugio y la soledad de la migración. Como aquella, también en esta película los dos espacios a ambos lados de la línea son un país del primer mundo y uno del tercero; en este caso, los barrios más marginales y empobrecidos de la India son el contrapunto para las mansiones más lujosas y los hoteles más ricos de la aristocracia empresarial danesa. Sin embargo, también aquí es más decisivo el plano íntimo: la cinta es un curioso tour de force por el mundo del melodrama y la telenovela, con su argumento hipercargado de giros sorpresivos y relaciones familiares truncas, suspendidas, entrecruzadas y deformes. (Bier ha estrenado una película americana en este mismo año, hace unas semanas; se llama Things We Lost in the Fire y ha recibido críticas muy positivas, aunque yo no he podido verla). 12. Happy-Go-Lucky, del británico Mike Leigh. La filmografía de Leigh es de las más ricas que puede ostentar un cineasta contemporáneo, y también de las más variadas cuando uno atiende a los temas de sus obras: la oscuridad de Vera Drake, la depresión a flote de Career Girls, la festiva locura de Topsy-Turvy, la decidida turbidez de Naked. En esa nómina, Happy-Go-Lucky debe de ser la más feliz de sus películas, la más animosa, la más transparente y optimista, y acaso la que más se concentra en la construcción de un personaje: una Pollyana inverosímil (Sally Hawkins) que, sin embargo, uno acaba por aceptar e incluso querer.
13. Inside, de los franceses Alexandre Bustillo y Julien Maury. Cualquier cosa que hayan visto en años recientes bajo la etiqueta de "película de horror" es cine para niños al lado de esta monstruosa y, sin embargo, precisa e inteligente cinta de la pareja creativa de Bustillo y Maury. Quienes se encuentren aquí, veinte años después, con la ya muy madura Beatrice Dalle, se darán cuenta de que, dos décadas después de Betty Blue, la mujer ha aprendido varias formas nuevas de ser creepy. Y ahora sí le funciona. 14. Vicky Cristina Barcelona, del neoyorquino Woody Allen, que cada cierto tiempo se las arregla para entregar una cinta más que respetable, y desde que dejó los Estados Unidos para trabajar en Europa las cosas parecen haber tomado un ritmo aun mejor. Esta película se distingue de otras comedias románticas de Allen en que su elemento esencial no es la emoción, propiamente, sino el temperamento: el exabrupto amoroso, el ataque de celos, el arrebato, el paroxismo, la crisis. Podría juzgarse como una versión estereotípica de la exuberancia española vista desde Manhattan, pero la admiración sincera con que Allen se rinde al carácter de Javier Bárdem y Penélope Cruz, la forma en que les permite conducir la película, acaba por conquistar la simpatía del espectador.
15. Brand Upon the Brain!, del canadiense Guy Maddin. Un homenaje a cuanto género
circuló en celuloide en los tiempos del cine mudo, Brand Upon the Brain! fue además no sólo una cinta sino toda una performance itinerante, con una orquesta en vivo de once músicos, un castrato y narradores, también en vivo, que incluyeron al mismo Maddin, Isabella Rosellini y Laurie Anderson, entre otros. La película es la historia fantástica de un hombre que regresa a la isla-orfelinato de su infancia, a la memoria de una madre enloquecida y un padre enajenado, al recuerdo de su primer (ambiguo) amor, todo ello con el tono y los elementos del romance gótico, la novela de horror y el cuento de hadas, y con la oscura morosidad del expresionismo de los veintes y treintas (Maddin, después de todo, es un verdadero conocedor de la literatura europea de aquella época). NOTA MENTAL6
circuló en celuloide en los tiempos del cine mudo, Brand Upon the Brain! fue además no sólo una cinta sino toda una performance itinerante, con una orquesta en vivo de once músicos, un castrato y narradores, también en vivo, que incluyeron al mismo Maddin, Isabella Rosellini y Laurie Anderson, entre otros. La película es la historia fantástica de un hombre que regresa a la isla-orfelinato de su infancia, a la memoria de una madre enloquecida y un padre enajenado, al recuerdo de su primer (ambiguo) amor, todo ello con el tono y los elementos del romance gótico, la novela de horror y el cuento de hadas, y con la oscura morosidad del expresionismo de los veintes y treintas (Maddin, después de todo, es un verdadero conocedor de la literatura europea de aquella época). NOTA MENTAL6








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