
Lobo le ofreció entonces un maravilloso paseo en trineo y la oferta de experimentar hermosas experiencias. “Experiencias”, caviló Oveja, “¿Dónde quedará Experiencia?... ¡Claro que voy con usted señor Lobo!”. Y durante el paseo Lobo disfrutó de la compañía de Oveja, una compañía como hacía siglos estelares no disfrutaba: amena, inocente, atrevida y francamente cálida. Pero el “hambre” es un animal terrible y le mordió las entrañas tan fuerte que casi lo desmaya. “Pobre de usted amigo Lobo, se lo ve muy mal, debe tener hambre otra vez, ¿porque no pescamos unos peces en el lago helado?” Y así los dos se pudieron a saltar la cuerda para romper el hielo con tan mala suerte que Lobo se cayó dentro y se congeló. Pero felizmente ya tenía un amigo y Oveja lo sacó, lo trepó al trineo y fue en busca de cobijo. Encontró finalmente una casa, donde lo secó al fuego y le dio un poco de vino caliente pero como el frío se le había metido en los huesos Oveja se apretujó contra él dentro de la cama. 
Lobo en su desvarío sueña que se come a Oveja y aún con la conciencia brumosa se despierta sobresaltado para decirle a Oveja que estaba en peligro… que tenía que irse al despuntar el día. Oveja tiene miedo por Lobo, se lo ve muy mal y cuando al primer rayo de sol se encamina hacia su casa piensa con cariño y nostalgia en el atribulado amigo.









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